Annie ya divisaba en el horizonte la explanada de hierba
amarillenta que tanto la había costado encontrar.
Aparcó aquel todoterreno que tan poderosa la hacía sentirse
y bajó de él con un salto.
Mochila en mano y pala sobre los hombros, avanzó con paso
decidido unos kilómetros más al este, sin perder un solo segundo la
determinación.
Cuando, al fin, llegó al lugar deseado, clavó su pala en un
punto elegido al azar e hizo un enorme surco en aquel terreno.
Apoyó sus rodillas sobre la seca hierba y sacó a toda prisa
de su mochila, casi con desesperación, un antiguo álbum de fotos; lo introdujo
en el agujero y lo selló a base de tierra con sus propias manos.
De su mochila también salió al exterior una pequeña regadera
metálica; la llenó de agua procedente de una botella de plástico y regó su
agujero.
Recogió sus cosas y regresó por donde había venido; se sentó
en el asiento del conductor y se recostó sobre el volante.
Una lágrima rodó por su mejilla, visible a través de sus
oscuras gafas de sol, aunque no perdió ni por un momento su radiante sonrisa.
El sentimiento de liberación al poder desprenderse de una
parte de su pasado para mejorar su futuro, era, sin duda, lo más importante.

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