sábado, 13 de julio de 2013

Mitch Lucker regresaba a casa con una sonrisa en el rostro; al fin volvería a ver a su ángel, su hija Kennadie, de ocho años de edad.
Llovía, y se sujetó mejor a su Harley-Davidson roja y decidió acelerar, pues no podía esperar a ver a su pequeña.
La húmeda carretera y quizá, la trayectoria que sus pensamientos habían tomado, provocaron la desestabilidad de su moto y que esta se dirigiera en una dirección opuesta al cuerpo del joven Mitch Lucker, el cual aterrizó no sin antes golpearse contra una farola colocada en el lugar y momento equivocado.
Intentó levantarse del pavimento, en vano. Su cuerpo no le respondía y comenzaba a respirar con dificultad.
Eternidad.
Palabra que nunca había logrado entender y que ahora comprendía con completa plenitud.
Algunos conductores, alarmados, se acercaron a él.
Trató de decirles que lo llevaran con su hija, pero no salía palabra alguna de sus ya casi morados labios.
Con lágrimas en los ojos, más por el dolor mental que físico, consiguió meter la mano en uno de sus bolsillos y apretar con fuerza el dibujo que meses antes ésta le había regalado, y que siempre llevaba consigo.
“-Papá, te echaré de menos.
-Estaré contigo siempre Kennadie, siempre”
Fue repitiéndose este pequeño recuerdo como un mantra hasta que su dolor fue cada vez menor, y su color se tornó de un color negro intenso.

Tras una semana del suceso, miles de personas acudieron con una vela en sus manos a un gran parque situado a las afueras de la residencia de los Lucker, para honrar la memoria de este querido ídolo, tan reconocido anteriormente en su ámbito musical.
Una niña delgada, de larga melena rubia y ojos azules enrojecidos por las lágrimas, subió a un atril, desdobló su arrugado papel, y antes de decir palabra alguna, se limpió la nariz con el dorso de su pequeña mano, admirando la noche estrellada, no dudó en decir:
-No volveré a ver a papi nunca más; pero no estoy triste, ahora él está en el cielo.
Miró a todos los presentes y bajó del atril.
Abanzó a largas zancadas hasta llegar a un árbol del que colgaba un rudimentario columpio, hecho a base de cuerda y un neumático desgastado.
Se sentó y esperó.
Esperó a que su padre la empujara y poder así, volver a cortar el viento con su sincera felicidad.

R.I.P Mitch Lucker: 1984-2012






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